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NO SÓLO CON QUÍMICA SANA EL HOMBRE

Cuando estoy deprimido: antidepresivos
Cuando estoy ansioso: ansiolíticos
Cuando me duele algo: analgésicos
Cuando tengo fiebre: antipiréticos
Cuando no puedo dormir: somníferos
Cuando hay una infección: antibióticos

Y así podríamos seguir. Cambiaremos el nombre, la función, el «problema», pero todos tienen algo en común. La vía de trabajo, su mecanismo de acción, es química. Por lo tanto, y sin hacer ningún análisis sesudo, podemos inferir que nuestro organismo funciona a base de química. Y, yendo a nuestro terreno, a la salud mental, esta realidad no iba a ser diferente.
Cada medicamento o fármaco (antidepresivos, ansiolíticos, antipsicóticos, estabilizantes del ánimo, tratamiento para el déficit de atención, para la manía, para la obsesión…), tiene su vía de acción, y no, no vamos aquí a cuestionarla. Pero… (porque siempre hay un pero, ¡qué le vamos a hacer!), tenemos situaciones en las que el fármaco no es suficiente, genera unos efectos secundarios que limitan más que el propio problema a solucionar, o, simplemente, no soluciona el problema de raíz, lo que hace es reducir o controlar una sintomatología para que la persona pueda llevar una vida más normalizada. Y cuando, por el motivo que sea, retiramos el fármaco… volvemos al principio. Es decir, no hemos curado nada. En todo caso hemos creado un entorno interior para que la persona pueda atender aquellos asuntos que le han llevado hasta aquí. Y, lamentablemente, esto no siempre es así, a veces porque no es posible y otras porque nos gusta más mirar hacia otro lado. La cuestión, si lo que genera el malestar, el desajuste, la enfermedad…, no desaparece, creamos un vínculo de dependencia hacia el fármaco. Lo necesitamos para que nuestra química cerebral esté lo más regulada posible, ya que no somos capaces de hacerlo de forma autónoma. Como en el artículo que os hablábamos de la relación cerebro-intestino, tenemos de nuevo otra externalización, aunque ésta es mucho más agresiva y con unas consecuencias más relevantes.
Pongamos, por ejemplo, la ansiedad. Una persona con ansiedad es una persona con un sistema nervioso hiperactivado. El sistema está en alerta de forma ininterrumpida. No hay espacio para bajar la guardia, ya que es peligroso. No es una situación que se busque conscientemente, sino que se ha aprendido a estar así; es lo más seguro para esa persona, aunque le traiga graves consecuencias. Y ya que hablamos de química, y de forma muy resumida, un estado de ansiedad cronificado conlleva niveles elevados de cortisol, una hormona que lo que hace es que nuestro sistema inmunitario se inhiba, por lo tanto, estaremos en situación de indefensión ante las amenazas del medio (virus, bacterias…). También se verá afectado nuestro sistema endocrino y digestivo, pudiendo ocasionar trastornos metabólicos (tiroides) o gastrointestinales (colon irritable, úlceras…). ¿Que hace la medicación o el fármaco en este caso? Obvio. Bajar la sobreactivación de este sistema y, por lo tanto, disminuir la ansiedad. Y también enlentecernos, tener somnolencia… efectos secundarios que vienen en el pack. (y en el prospecto del medicamento).

¿Y qué hay de la electricidad? ¿qué ocurre en el cerebro de personas que puedan tener ansiedad, depresión o déficit de atención? Eléctricamente está desregulado. Y, aunque se esté tomando medicación, la estructura de ese cerebro sigue estando mal organizada. Es como tener una red de canales con una configuración de conexiones determinadas. La medicación regula el caudal del líquido que discurre por esa red, pero la estructura de esa red sigue siendo la misma. Quizá esté menos sobrecargada y más equilibrada, pero si era ineficiente, seguirá siendo ineficiente. ¿Cómo modificar esa red neuronal para que sea más eficiente y, de esta forma, la función cerebral esté bien regulada?
En primer lugar, conocer cómo funciona esa red, a través de un mapeo cerebral. Medimos la actividad eléctrica en diferentes localizaciones del cuero cabelludo y, a partir de ahí, podemos ver la organización y plantear un entrenamiento para modificarla. ¿Y cómo se entrena? Hoy por hoy, la forma más directa, efectiva y segura es a través del Neurofeedback. Recogemos la señal eléctrica del cerebro en un punto determinado y, cuando esa señal coincide con el valor deseado, hay un premio. A fuerza de repetir, el cerebro entiende que si está de una determinada manera recibirá su gratificación. Y, tras realizar este entrenamiento de forma repetida, resulta que tenemos un cerebro que ha aprendido a funcionar de otra manera, por lo que, si hablamos de ansiedad, la ansiedad desaparece. Ya no tenemos un sistema hiperactivado porque ese sistema ha aprendido que le interesa más estar en otro estado. Y, como andar en bicicleta, ese aprendizaje ya no se olvida. Hemos modificado la red de canales para que no haya desbordamientos ni sequías, por lo que ya no necesitamos un fármaco que regule el caudal. Es la persona quién se regula por sí misma.

En el déficit de atención, por ejemplo, podemos tener un cerebro con un nivel de activación muy bajito, por lo que, aunque sea su mayor deseo, la persona es incapaz de mantener la atención, nada es lo suficientemente interesante como para prestarle atención durante el tiempo suficiente, tendiendo a vivir más en su mundo interior. Si hablamos de niños, tendremos a ese escolar que no da mal en clase, que casi pasa desapercibido. Si la persona tiene un alto nivel de motivación, intentará compensar esta baja activación esforzándose al máximo para lograr el resultado deseado. Hasta aquí bien, lo único es que ese esfuerzo pasa factura tarde o temprano. Como no se consigue ser eficiente en el procesamiento, lo que hace es funcionar a altas revoluciones para conseguir lo que podría hacer sin gastar tanta energía. Aquí los tratamientos farmacológicos suelen pasar por estimulantes para elevar el nivel de activación del cerebro y así poder estar en este mundo. El entrenamiento con Neurofeedback, en cambio, buscaría enseñar al cerebro que esté más activado, a que las ondas cerebrales vinculadas a ese «mundo interior» estén menos presentes en las localizaciones correspondientes. Así, el cerebro, y, por lo tanto, la persona, aprende a regularse, a estar presente sin necesidad de medicación o de un sobreesfuerzo totalmente innecesario y para nada recomendable.

Química y electricidad no son, para nada, enfoques contrapuestos o enfrentados. Ambas son parte de nosotros, por lo que, aunque son puertas de entrada diferentes para afrontar un problema, son complementarias. En una primera fase quizá sea recomendable la utilización de ambas, pero conforme vayamos modificando y regulando la función cerebral, lo más previsible es que se vaya reduciendo la dosis del fármaco, llegando (¡sin generalizar!) a poder prescindir totalmente del tratamiento farmacológico.

Así que no, ¡no sólo de pan vive el hombre!

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